SIN TÍTULO
CAPITULO 1
Gabriela Díaz llevaba quince minutos más de los que debía en el trabajo. A las diez terminaba su jornada, pero en la tienda nadie cuestionaba la norma no escrita: en campaña navideña el tiempo no existe y todo tiene que quedar listo para el día siguiente.
A través de los grandes escaparates, la humedad se pegaba al cristal, como si el invierno quisiera entrar. Hacía apenas un mes que Gabriela había vuelto a trabajar tras diez años sin hacerlo.
Cuando por fin terminaron, la tienda quedó en orden, lista para lo que venía: cientos de personas entrando como si el mundo dependiera de ello, clientes dispuestos a decorar casas ya llenas de productos, pagando precios un veinte por ciento más altos que en cualquier otro sitio, pero daba igual; la gente no venía a comprar, venía a gastar.
Antes de salir, Gabriela echó un último vistazo a los pasillos iluminados y al ambiente demasiado perfecto. Todo parecía diseñado para retener a la gente un minuto más, el suficiente para que acabaran comprando algo.
Sus compañeros solían quedarse hablando un rato al salir de la tienda, pero Gabriela no era de conversaciones: prefería llegar pronto a casa y perderse en su rutina de siempre.
Cogió su abrigo,se lo puso sin prisa y con una sonrisa,se despidió de todos con un "buenas noches".
Su pequeño utilitario la esperaba a unos cien metros de la entrada. Cruzó la calle.
El aire le golpeó el rostro, húmedo y pesado, propio de las noches de invierno cerca del mar. Se hundió en la capucha de piel sintética, ajustó los guantes de lana rosa, sacó un paquete de tabaco y encendió un cigarrillo; la primera calada le dio una agradable sensación de bienestar.
Gabriela sacó las llaves y se detuvo . Algo no encajaba ,no sabía que, pero la atmósfera que la rodeaba le resultaba incomoda.
No se giro al instante,miró alrededor: los escaparates de la tienda brillaban con la luna. Todo estaba normal.
Exhaló por última vez ,el vaho y el tabaco se mezclaron en el aire, tiro el cigarro y lo apagó con el tacón , abrió la puerta del Ford sin dejar de estar atenta.
Se sentó , giro la llave y el motor carraspeó durante unos segundos. Puso la radio en una emisora de música clásica ,el trayecto hasta casa era corto dos o tres kilómetros pero nunca le gusto conducir de noche.
Al cabo de unos minutos llegó a la entrada del garaje,pulso el mando a distancia y la puerta metálica fue abriéndose lánguidamente. Subio en el ascensor sin pensar demasiado. Abrió la puerta del apartamento ,dejó las llaves en el recibidor y pasó directamente a la cocina. Hoy algo rápido -penso . la bandeja del microondas empezó a girar. Mientras esperaba, se sirvió una copa de vino.
Cuando terminó de cenar encendió la televisión. Una película en blanco y negro y música antigua llenaba el salon. Recostada en el sofá el sueño la venció antes de terminarla.
Un golpe seco la arrancó del sueño.
Abrió los ojos.
El salón seguía iluminado por la televisión.
Todo estaba en su sitio.
Se quedó inmóvil, con la respiración contenida.
CAPITULO 2
Víctor llevaba tres semanas anotando lo mismo.
Horas, matrículas, modelos de coches, tipos de personas. Una vigilancia meticulosa.Todo estaba registrado en un cuaderno pequeño de espiral que siempre llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta.
22:15 Opel Corsa azul, hombre de unos treinta y cinco años.
22:20 Honda Civic gris, pareja y un niño.
22:26Ford Focus verde, mujer joven.
23:03 Citroën Saxo blanco, hombre joven
00:15 Mercedes verde, hombre mayor.
El Ford azul seguia una rutina clara y constante, dos semanas al mes llegaba siempre a la misma hora minuto arriba o abajo de las 22:25
Aquella noche esperó.
Cuando el Ford entró en el garaje, Victor no apartó la vista. Observó cómo descendía hacia la segunda planta. La puerta automática empezó a cerrarse con lentitud.
Entonces actuó.
Colocó un pequeño trozo de madera delante de la fotocélula e hizo que la puerta se detuviese.
El motor emitió de nuevo un ruido metálico corto y volvió a abrirse de nuevo.
Víctor esperó unos segundos.
Después bajó por la amplia rampa
El eco de sus pasos rebotaba entre los coches estacionados.
El Ford ya estaba aparcado en la planta inferior.
Víctor recorrió la parte de arriba del garaje con calma, observando cada rincón. Encontró una puerta lateral que comunicaba con las escaleras de emergencia. Subió. La salida daba directamente a la calle. Podía abrirse desde dentro sin dificultad.
Volvió a bajar.
En la primera planta localizó el acceso al ascensor. A su lado, otra puerta.
La abrió.
Era un baño amplio, casi vacío, con un lavabo y un inodoro.
Cerró de nuevo.
Sacó el cuaderno y dibujó un croquis rápido de todo el garaje.
Cuando terminó, volvió a subir la rampa, retiró el trozo de madera de la fotocélula y esperó.
La puerta volvió a cerrarse con normalidad.
Aquella misma noche Víctor condujo sin prisa hasta su casa, en las afueras. El cielo estaba completamente cerrado, sin estrellas. El aire del Mediterráneo se metía por las rendijas de su viejo coche.
Se detuvo en una gasolinera para comprar comida preparada. Unos cuantos bocadillos envasados en plástico y agua embotellada.
Luego continuó el trayecto.
Su casa en las afueras tenía dos plantas con sotano y un jardín trasero.
Aparcó.
Entró.
—¿Cielo? ¿Ya estás aquí?
La voz de su madre venía desde el salón.
—Sí, mamá —respondió Victor
No añadió nada más.
Subió directamente a su habitación.
Se quitó la chaqueta y la dejó caer sobre la cama.
—Cielo, ¿vienes un momento? —insistió la voz desde abajo.
Victor no contestó.
Abrió uno de los bocadillos mientras bajaba lentamente las escaleras.
Su madre estaba en el sofá, hundida bajo mantas gruesas. El cuerpo inmóvil de más de cien kilos ocupaba casi todo el espacio. La televisión encendida llenaba la habitación con programas basura.
—¿Dónde estabas? —preguntó ella—ya llevas varias semanas llegando tarde. No estarías con ninguna amiguita,verdad cielo? Ya sabes que opina mamá de las muchachas de hoy en día.
Victor no respondió.
Se quedó de pie.
La mujer abrió los brazos. La piel flácida de sus brazos caía y se bamboleaba lentamente.
—Ven aquí con mamá, cielo —dijo—. Ven, siéntate a mi lado.
Voctor se sentó.
Ella apoyó su cabeza en su pecho.
—Abrázame, cielo… no seas tímido con mamá.
Victor rodeó su cuello con las manos y se cerraron sutilmente bajo la papada.
—¿No quieres jugar hoy con mamá, cielo?
Víctor recordó cuando tenía trece años y su madre aun podía moverse de manera facil.
Recordaba cómo ella no le dejaba estar con sus hermanas menores. Decía que podía hacerles daño. Recordaba cómo su padre se fue a otra ciudad con ellas después de la separación,
porque mama no quería ya jugar mas con papa y mama le llamaba picha floja y le golpeaba fuerte,recuerda cuando mama lo dejaba solo todas las noches de sábado, recuerda el sonido de las llaves al abrir la puerta , como se encerraban en el cuarto y escuchaba a mamá quejarse cuando jugaba con los hombres que no eran papa.
Victor apretaba más las manos mientras recordaba.
-Que haces cielo? ,estás haciendo daño a mamá,dijo
Víctor abrió las manos.
Como es posible que se sientan instintos de acabar con la vida de una persona?
Algo habia dentro de él desde muy joven y no desaparecía.
Víctor nunca había llorado.
Y eso era lo que más le inquietaba.
No la ausencia de emoción.
Sino la imposibilidad de alcanzarla.
Víctor ansiaba cruzar esa la linea roja no se confirmaba con tener fantasiosas ,deseaba poder realizarlas.
Aquella misma noche, mientras Gabriela dormía en su apartamento, en otra parte de la ciudad alguien seguirá anotando en un cuaderno.
CAPÍTULO 3
El inspector Zambrano, con sus cincuenta y dos años ya pesándole en el cuerpo, llevaba toda la mañana mirando el mapa sin conseguir darle una forma clara a lo que tenía delante.
La mesa estaba cubierta de informes, fotografías y anotaciones .
—Andrea Sainz —dijo Susana, una subinspectora de poco más de cuarenta años y mirada firme, mientras señalaba el expediente—. Desaparecida en la zona de la Ronda Sur.
Zambrano asintió sin apartar la vista.
Se llevó la mano a la nuca y se rascó con cuidado bajo la gasa. El herpes le ardía desde hacía días y aquella mañana era especialmente insoportable.
—Algo no encaja —murmuró.
—Sí encaja —dijo Susana—. Solo que no lo estabamos leyendo bien.
Zambrano alzó la vista.
—Explícate.
Susana colocó las fotografías sobre la mesa una a una.
—No son hechos aislados. Están concentrados en la misma zona.
Marcó varios puntos en el plano.
—Ronda Sur. Descampado. Horarios nocturnos.
—Y hay algo más —añadió—. Esto ya pasó antes.
Zambrano la miró.
—¿Antes cuándo?
Susana dudó un instante.
—Hace años antes que te destinaran aqui.Desapariciones en la misma área sin resolver , archivos cerrados.
Susana pasó el dedo sobre el mapa y fue moviéndolo de manera circular uniendo los puntos.
El círculo quedó cerrado sobre la Ronda Sur.
Lo entiendes ahora?Dijo
Zambrano asintió.
En ese instante la puerta se abrió sin llamar.
—Inspector… ha aparecido una mujer muerta en la zona de la ronda sur.
El silencio fue inmediato.
Zambrano se incorporó despacio, notando el tirón en la pierna.
—¿Dónde exactamente?
—En un descampado al lado de " la ruta del colesterol" donde la gente va a hacer ejercicio.
Susana ya estaba recogiendo su abrigo.
—Nos vamos. dijo
Mientras andaban por el pasillo, un agente se cruzó con Zambrano.
—Inspector… —dijo señalando su cuello— ¿ha vuelto a ver al dermatólogo ese del que le hablé?
Zambrano no se detuvo.
—No tengo tiempo para tonterías Bartoll -dijo
—Eso no pinta bien , debería ir a verlo—insistió el agente.
Zambrano lo miró fijamente.
—Ahora mismo hay cosas que pintan peor.
Y siguió caminando.
Zambrano conducía con mal gesto , por la pierna dolorida y el cuello irritado por las malditas herpes.
Cuando llegaron una zona concreta del descampado estaba ya acordonada.
Zambrano bajó del coche con dificultad, su cojera se marcaba más en el terreno irregular.
Se detuvo un instante antes de cruzar la cinta policial.
—Inspector —dijo uno de los agentes—. Por aquí, dijo
Avanzaron entre los coches patrulla.
El cuerpo estaba a pocos metros,entre la maleza y parcialmente cubierto por una manta térmica.
Zambrano no habló.
sólo quedó mirando el amplio terreno que se extendía frente sus ojos.
Susana se acercó al cadáver.
Se agachó sin prisa, profesional, retirando la manta poco a poco.
—Hay indicios de posible forcejeo- dijo en voz baja
Un coche oscuro llegó y de el
bajó la secretaria judicial junto a otro agente y procedió con la diligencia de levantamiento del cadáver.
Se colocó los guantes y revisó la escena de manera diligente.Autorizó el levantamiento dijo
—Habrá que esperar al informe del forense —dijo Susana ajustándose la goma de la coleta.
Zambrano asintió.
—Sí… habrá que estar muy atentos a los resultados.
Horas después, en comisaría, el ambiente ya era más tenso que antes.
Susana volvió a los mapas y puso un punto más en él.
Zona sur, la "la ruta del colesterol" dijo para sí.
En ese instante sonó un teléfono móvil.
—Zambrano —dijo al descolgar.
—Tenemos presión arriba —respondió el comisario Castells—. Los medios de comunicación ya andan incordiando,esto empieza a complicarse.
Zambrano puso su mano en la pierna con signos de dolor.
—Estamos trabajando comisario.dijo
—No es suficiente,Madrid quiere resultados y si esto sigue así, la UCO entrará en el caso... y colgó.
Susana terminó su jornada exhausta y antes de volver a casa, pasó por un pub cercano.
Música baja,luz cálida. Debia desconectar un poco.
—Buenas noches, Julio.
—Muy buenas, ¿qué tal?
—Una pinta y algo de picar dijo, señalando la mesa del fondo.
Julio dejó la cerveza y volvió a la barra.
Susana se quedó sola.
No bebió de inmediato.
Se apoyó ligeramente hacia atrás, con la mirada fija en el vaso.
Repasó el caso entero en su cabeza.
Ronda Sur.
Andrea Sainz.
El cadáver.
Los expedientes antiguos.
Todo eso ya estaba claro.
Pero había un detalle en el cual no cayó.
Era la forma en que todos los casos se repetían dentro de un mismo intervalo de tiempo.
Susana cerró los ojos.
Estaban ante alguien que seguía un patrón.
Se llevó la cerveza a los labios y dio un largo trago.
CAPITULO 4
Zambrano llevaba en comisaría desde primera hora revisando otra vez todo el caso.
Susana trabajaba a su lado sin hablar demasiado, moviendo expedientes, cruzando datos.
Un agente golpeó la puerta y entró en la sala. dejó un dossier sobre la mesa.
Llevamos ya dos días con la chica desaparecida, Andrea Sainz y no pinta bien la cosa.dijo el agente.
Zambrano levantó la vista y le miró. Salió a correr por la Ruta del Colesterol en la zona crítica.
Hemos pateado los cinco kilómetros y alrededores sin encontrar nada.
Zambrano escuchaba sin interrumpir.
Se ha preguntado a los padres, imagino —añadió el agente
Susana se adelantó y respondió con impulsividad.
Todo eso está hecho. Entrevistas, entorno cercano, rutinas. Nada relevante.
El agente asintió y salió de la sala.
La puerta se cerró.
Esto nos está desbordando dijo Zambrano.
Susana se levantó. Ven, acércate -le dijo
fue hasta el panel y marcó de nuevo la zona.
Pero esta vez no señaló la ubicación, señaló algo distinto,
el tiempo anotado.
—No es aleatorio dentro de la noche —dijo por al fin. Fijate.
Zambrano frunció el ceño.
—¿Cómo que no es aleatorio?
—Los casos no ocurren simplemente de noche.
—Ocurren dentro de una franja horaria concreta
-que franja?
Susana tardó en responder
—Siempre la misma ventana de horas.
Zambrano se rasco por encima de la gasa.
de las diez a las doce -dijo
—Eso no estaba claro ayer —murmuró Zambrano
—Porque no lo estábamos mirando así —respondió Susana.
La puerta se abrió sin llamar.
—Inspector…
Un agente joven entró dejó caer un sobre en la mesa y se marchó.
Susana lo abrió rápida antes que Zambrano.
Leyó.
No dijo nada durante un par de minutos, mientras
Zambrano iba notando el cambio en su expresión.
Susana levantó la vista.
Que ,es? dijo Zambrano con curiosidad
—Otro nombre , Gabriela Diaz
Zambrano frunció el ceño.
—¿Desaparecida?
Susana asintió.
Pero no añadió nada más.
Porque todavía no encajaba.
Y eso era lo peor.
La franja horaria coincidia
Pero ahora había algo nuevo.Gabriela Díaz desaparecio en su casa y está vez no parecía seguir el patrón
Había empezado a moverse ,estaba teniendo precaución.