EL ECLIPSE
EL ECLIPSE Capellán, usted ya sabe lo que pienso de este viaje. Le sigo porque, con vuesa merced, puedo comer y no morir famélico; pero ya echo mucho de menos mi aldea, a mis dos hermanas menores, a mi madre y, aunque me duela admitirlo, un poco también a mi padre. ¿Sabe? Hace ya frío, pero ya se siente la sal en la brisa. ¿La siente? —Usted tendrá deudas pendientes con el apóstol —le dije—, pero lo mío es simplemente aventura. —Calla y apresura el paso. Ya estamos llegando. Han sido casi tres semanas y ya tenemos perdonados más de la mitad de nuestros pecados —respondió el capellán. —Ven aquí, rápido. Mira al final de mi brazo extendido, al final de mi dedo índice, lo que señala. ¿Ves lo que hay ahí? —Sí, lo veo. Sí, sí, lo veo: una iglesia, una catedral muy alta, casi roza el cielo. —Pues ahí nos aguarda el santo Santiago Apóstol, mi bien querido José. —Ya no puedo más con mis pies doloridos, vuesa merced. Llevo casi descalzo desde Burgos —le dije—. Debió pagarme su compañía, la repa...