EL ECLIPSE

EL ECLIPSE

Capellán, usted ya sabe lo que pienso de este viaje. Le sigo porque, con vuesa merced, puedo comer y no morir famélico; pero ya echo mucho de menos mi aldea, a mis dos hermanas menores, a mi madre y, aunque me duela admitirlo, un poco también a mi padre. ¿Sabe? Hace ya frío, pero ya se siente la sal en la brisa. ¿La siente?

—Usted tendrá deudas pendientes con el apóstol —le dije—, pero lo mío es simplemente aventura.

—Calla y apresura el paso. Ya estamos llegando. Han sido casi tres semanas y ya tenemos perdonados más de la mitad de nuestros pecados —respondió el capellán.

—Ven aquí, rápido. Mira al final de mi brazo extendido, al final de mi dedo índice, lo que señala. ¿Ves lo que hay ahí?

—Sí, lo veo. Sí, sí, lo veo: una iglesia, una catedral muy alta, casi roza el cielo.

—Pues ahí nos aguarda el santo Santiago Apóstol, mi bien querido José.

—Ya no puedo más con mis pies doloridos, vuesa merced. Llevo casi descalzo desde Burgos —le dije—. Debió pagarme su compañía, la reparación de las sandalias en aquel antro, y usted me dijo que Dios proveería. Eso no es justo, capellán.

—La justicia no es del hombre, sino propia de Dios —me respondió.

—Recuerde también aquellos que quisieron asaltarnos. Tuvo usted suerte de que aún soy joven y golpeo fuerte. No es nada fácil este camino, capellán.

Eran casi las siete de la tarde. Empezaba a anochecer y, por fin, llegamos a la plaza del Obradoiro. Aún estaba llena de tiendas que ofrecían comida caliente, quesos de todo tipo, longanizas rojas de sangre, vino a granel, costillas y otras partes del cerdo sobre brasas humeantes. Las mujeres contaban las monedas, abrigadas y embozadas; hacía frío todavía, incluso en julio, a esas horas.
Seguimos caminando. No quisimos parar a comer ni a saciar el hambre acumulada de tantos días. Mi maese iba delante, apresurado, apartando a brazadas a la multitud, hasta que quedó detenido. Ya no había nadie en derredor.

Alcé la vista y la vi.

—Por fin hemos llegado, amado José —dijo Cipriano, el capellán.

La gran catedral compostelana permanecía erguida, sin mácula. Nos acercamos y subimos la escalinata. Ya no sentíamos dolor en los huesos, solo un ardor placentero en el alma. En la entrada acariciamos el magnífico parteluz; los pocos rayos de luz dorada que quedaban atravesaban el Pórtico de la Gloria y nos azotaban el rostro.
Entramos cansados, sedientos y somnolientos. Mi amado capellán cayó de hinojos al inicio de la nave central. El triforio estaba repleto de hermanos esparcidos por el suelo. Después de más de dos minutos lo ayudé a levantarse.
Habíamos llegado.
Sabía que ya podía morir en paz y que todos mis pecados serían perdonados.
—Vuesa merced me dijo y me obligó a venir a ver algo extraordinario que no olvidaría en mi vida —le dije—, pero a estas horas yo no cambio mi ansiedad por el hambre de días ni por el pensar en los hijos y la mujer que dejé por usted. Todo se me hace pesado y complicado.
—Querido Sebastián, usted recibirá más del doble de lo que dio.
—Nos queda bien poco —insistí—. ¿Nos  arrodillaremos en el parteluz? ¿Descansaremos en el triforio ?
No te tenga duda que verá la misericordia de Dios en el cielo.
—Y no comeremos, ¿vuesa merced?.....

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